Carta a una fruta
Las hojas de la revista, crispadas de la vergüenza, trataban de esconderse ante esta inevitable verdad: sin darme cuenta, había sido transformada en fruta. “Esbelta por arriba, rellenita por abajo”, comencé a leer. “Si tenés los hombros menudos y cero panza, tus genes dicen que engordás de la cintura para abajo: caderas amplias, rodillas carnosas, muslos rellenos y un toque de celulitis. Si cumples con esta descripción, tenés un cuerpo en forma de pera”.
Con la revista en mis regazos, traté de no sentirme como tal. Pero me fue imposible.
“Al menos”, pensé, “la pera no se averguenza de ser pera. Quizá porque no está plenamente conciente de sus curvas, color, manchas o abolladuras. Tampoco necesitan desvestirse (o descascararse) en revistas, o gemir forzadamente en más de una página de Internet.”
Comencé a sentir mi cuerpo en busca de algún consuelo físico, probablemente para evadir la verdad que estaba sobre mis rodillas. Pero la bolsita de grasa que duerme cómodamente bajo mi ombligo, mis muslos flácidos y la celulitis que lo acompaña, así como un par de pantorrillas (y rodillas) gorditas nunca habían mostrado señales de arrepentimiento.
Finalmente, cuando comencé a palpar mis caderas, recordé cómo estas me habían valido un número espeluznante de apodos durante mi adolecencia.
Era “la abejita maya”.
Era la muchacha con el gran trasero.
(o rabiolis, siete, nalgas, retaguardia, colita, y en el mejor de los casos, culo).
Sí, yo era eso. Era la culona que caminaba por los pasillos del colegio, envidiando aquellas caderas raquíticas, muslos inexistentes y pechos planos.
Era una fruta, una bolsa, una cosa (talvez una carpa de circo). No más que eso.
Aun así, siempre fui lo suficientemente orgullosa (o perezosa) para evitar el siguimiento de una dieta estricta. Nunca pasé interminables en un gimnasio o gasté neuronas contando y calculando calorías. Por esta razón, creo yo, todavía me molesta ir a la playa. Me resulta tortuoso caminar esos veinte metros entre el paño y el mar, pues expongo todas esas llantitas, esa piel blanquísima, esa celulitis incipiente.
Vea sus caderas, sus piernas o su pancita. Pero véase bien. Usted es bonita. No sea terca. Ya pasó el colegio, ya pasaron las críticas. A ver, a ver. No llore. No es para tanto. Véase bien. Usted es…
La revista relajó aquellas hojas tan asustadas. Finalmente, le daba toda la razón. La pera y yo eramos hermanas.


