La despierta un escándalo de sábanas blancas. Y, de golpe, un tanto asqueada por el ruido, se levanta en silencio, alejándose de la luz tenue que ilumina toda su habitación.
(Cuando ataca el capricho, el insomnio o las pesadillas, cambia su cama por los cuerpos cálidos de sus padres. Su sueño no tarda en llegar, acelerado por el calor y un cierto sentimiento de seguridad. Al menos por lo que resta de la noche, no será asediada por criaturas deformes o escaleras de caracol que nunca, nunca terminan.)
Sus pasos se detienen. Mira estúpidamente a la oscuridad.
Esta noche, la puerta del cuarto de papá y mamá está cerrada.
Se sienta con cuidado, asegurándose de no emitir ruido alguno, para acercar la oreja derecha a la puerta.
Qué raro, piensa, si la puerta está siempre abierta. Mamá gime suavemente. ¿Estará llorando? Mamá nunca llora, o al menos evita esas escenas en frente mío. Recuerdo que un día, cuando regresé de la escuela, la oí llorar en los brazos de papá. No quise entrar al cuarto, quizá para mantener la tradición familiar. En mi casa todos lloran a escondidas.
Papá jadea, pero casi no se escucha. Jadea con cadencia, como si estuviera persiguiendo a Coquito por el patio. Los ruidos de ambos se entremezclan con los crujidos de la cama hasta lograr un ritmo frenético, casi musical. Escucho algo parecido a un beso, pero la verdad, todo parece sonar igual en esta monótona sinfonía.
Ella vuelve a su cuarto y se enconde entre las sábanas (ahora silenciosas). Abraza a Pepito (aunque Pepito nunca la abraza de vuelta). Minutos después, escucha que la puerta de la habitación de sus padres finalmente se abre. Pero ya no quiere dormir con ellos. No sabe porqué. Simplemente no quiere.
En la mañana, sus padres la felicitan por haber pasado una noche completa en su cama. Pero ella no está orgullosa de eso.
Ahora está más aterrada del día que de la noche.
Pablo Murillo tomó esta fotografía.
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